domingo, 13 de abril de 2014

Teoría fotográfica

Queridos Carrozas: visto que, jueves tras jueves, nos planteamos preguntas trascendentales sobre la vida (¿quien soy? ¿donde estoy? ¿qué me ha pasado?) y la fotografía (¿que es la fotografia? ¿en qué se equivocaba Cartier Bresson? ¿es el concepto lo suficientemente conceptual? y, sobre todo, ¿donde he dejado la puñetera tarjeta de 64 Gb?), he dedicado mi escaso tiempo a la investigación proyectual y a la semántica de la imagen, en busca de conceptos claros que nos iluminen. A punto de tirar la toalla, encuentro esta historia en un estupendo blog, llamado "Cienojetes" que comparto con vosotros a mayor gloria de Dios. Leedlo y disfrutad. 

A mi novia le gustaban mis fotos

Ando completamente perdido. La fotografía contemporánea está destrozando mi mente y mis relaciones sociales. Yo pensaba llegar al estrellato y resulta que me estoy estrellando.
Cuando empecé en el mundo de la fotografía mi mayor obsesión era reproducir las fotos que aparecían en los libros de culto para mí, casi todos de la editorial Anaya. Y en poco tiempo le fui cogiendo el truco. Había que madrugar mucho para fotografiar al amanecer, jugarse el tipo en lugares abandonados para sacar texturas, perseguir siluetas a contraluz o comprar rosas frescas para hacer macros (como el de abajo). Pero todo ello tenía sentido. La recompensa era enorme. A mi novia le encantaban mis fotos.
Foto de Nacho Canon
Foto de Nacho Canon
Adoraba que le hiciera books en plena naturaleza siguiendo los consejos del ingeniero. No paraba de decirme que tenía una delicadeza fuera de lo común. ¡Menuda colección de fotos subiditas de tono le hice con el rollo de la sensibilidad! Por ahí las tengo guardadas. En cuestión de pocos meses me había convertido en artista para ella. Y todo ello sin ningún tipo de conocimiento sobre historia de la fotografía ni sobre fotógrafos clásicos. Sus fotos siempre me habían parecido muy fáciles de reproducir, no había razón para estudiarlos.
Todo se torció a partir de una conversación con un compañero de trabajo, maldita la hora. Me habló de un proyecto fotográfico que llevaba entre manos, algo sobre la equidistancia entre pareceres antibióticos. Yo no entendí una leche, pero el tipo parecía convencido de lo que decía. Me enseño unas cuantas fotos que llevaba en el móvil, algo en la línea de la foto de abajo. Al enseñarle yo mis coloridos macros de florecitas fue cuando me hizo la gran pregunta: “¿Qué me estás contando con eso? Yo sólo veo imágenes bonitas, no me transmiten nada”.

Foto de Rocío Morales

Aquello fue un mazazo tremendo. ¿Pero desde cuándo las fotos tenían que contar algo? ¿No basta con que sean bonitas? ¿Y entonces lo que dice Michael Freeman? ¿Tú sabes cuántos favoritos tengo yo en Flickr? Empezó a hablarme de la superación de la fotografía clásica, del alejamiento del pictorialismo y demás verborrea. Como no le entendía en absoluto, me recomendó que le acompañara a unas charlas que organizaba una escuela de fotografía, lo cual me sonó un poco a secta, la verdad. ¡Con lo orgulloso que estaba yo de ser autodidacta y ahora tenía que ir a clases!
Esos talleres cambiaron para siempre mi vida. Tuve que cambiar de localizaciones a la hora de fotografiar. Ya se sabe: la periferia, los huertos urbanos, los descampados, etc. Yo no tenía ni pajolera idea de qué estaba buscando exactamente, pero era lo que se llevaba. Cada vez fotografiaba menos a mi chica y tampoco le dejaba que se viniera conmigo, porque me impedía conectar con mi visión poliédrica. Las veces que accedí a fotografiarla siempre acabaron mal. Ella no paraba de sonreír y yo le reiteraba que en la fotografía contemporánea la expresión tiene que ser mustia, está mal visto salir contento en las fotos.
Estaba empezando a barajar la posibilidad de abandonar el moderneo, me estaba causando demasiados problemas. Sin embargo, Indalecio, un friki de los fotolibros al que había conocido hacía poco, me dijo que mis fotos expresaban bien la ausencia de presencia cósmica. Aquello me envalentonó y decidí enseñárselas por primera vez a mi novia esperando que aquello compensara todo el sufrimiento causado. Se le dislocó la mandíbula. Tampoco lo arregló mi argumentación sobre la presencia cósmica. Me dejó.

Foto de Solange Adum Abdala

Ahora tengo un nuevo proyecto fotográfico, un work in progress todavía más conceptual (similar al de la foto de arriba). Ya lo he presentado a cinco concursos, tres becas y dos rallies. Todavía no he tenido  éxito, pero estoy seguro de que cada vez estoy más cerca de que me premien. ¿Que cómo lo sé? A mi madre y a mis amigos no les interesa ni lo más mínimo, cada vez le gusta más a Indalecio y, sobre todo, a mí el proyecto me parece una mierda que se filtra por los intersticios de la subversión.
Ya no me como una rosca. Sólo me queda el consuelo de tener en el disco duro las fotos en bolas de mi ex.

1 comentario:

  1. Pobre chico. No se había dado cuenta de que las fotos bonitas, (la pastorcita con sus borreguitos a contraluz, etc...),son más empalagosas que un merengue pastelero y actualmente sólo sirven para ganar algún estúpido concurso.
    Es una pena que no fuera a las clases antes de empezar a fotografíar, claro que entonces no tendría las fotos de su novia.
    Estoy seguro de que en pocos años será un estupendo fotógtrafo contemporáneo.

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